La Rebelióm de los Jesuitas

La Rebelión de los Jesuitas – Extracto

Ciudad del Vaticano

Helena Visconte fue la primera que vio al padre Matteo Pintozzi cuando salió de la sacristía en la desierta columnata curva que llevaba al museo del Vaticano. No tenía forma de saber que en pocos minutos el sacerdote llegaría a su destino y la vida de ambos cambiaría.

A esa hora los turistas normalmente estarían apretujándose, pero una repentina tormenta eléctrica de junio acababa de terminar, dejando un vago olor a humedad que se elevaba debido al vapor emitido por las piedras calientes del sendero. El padre Pintozzi miró a su derecha y luego a su izquierda y parecía aliviado, como si estuviera agradecido de que no hubiera nadie a la vista. Rápidamente pasó por delante del palacio de justicia del Vaticano, la fuente Águila y la Academia Papal de Ciencias.

Su hijo de tres años de edad, Luke, aprovechó su distracción, dio un grito de alegría desenfrenada, se lanzó desde atrás de la columna y chocó de frente con los dobleces que caían de la sotana negra del Padre. Helena corrió tras de él. Se acercó a Luke por detrás, se agachó y lo agarró por el brazo, retirándolo hacia atrás.

La Rebelión de los Jesuitas—Perdone a mi hijo, Padre—, se disculpó en italiano—. Él está sobreexcitado esta mañana. —Ella se enderezó, se volvió hacia el sacerdote y se quedó paralizada, mirándolo fijamente. Se apartó el espeso cabello castaño rojizo del rostro, para verlo mejor.

Él se veía joven y viril, de no más de treinta. Su cabello oscuro y rizado, grandes ojos marrones, rasgos romanos esculpidos y labios gruesos sensuales, le daban la apariencia de un Apolo moreno que había cobrado vida. La elegante tela de la sotana, ceñida con un cinturón color púrpura, hacía alusión a un cuerpo bien formado debajo.

Se dio cuenta que él estaba consciente de su mirada. Sus ojos brillaban con vida e inteligencia, y con una chispa de diversión. Él sabía el impacto que daba su aspecto y ella estaba segura de que él se estaba burlando gentilmente.

Ella trató de recuperar la compostura. —Su bendición, Padre.

Él le dio el más leve indicio con un movimiento de cabeza, la inclinó durante un buen rato y luego la levantó de nuevo. Su sonrisa anterior había desaparecido. Se veía solemne, pero tranquilo. Helena bajó la cabeza y suavemente tocó el cabello de Luke mientras él imitaba su gesto. —In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, —dijo el padre Pintozzi, haciendo un elegante signo de la cruz—. Amen. —Su bendición no fue apresurada, pero Helena se dio cuenta que cambió de pose como si tuviera ansias de irse.

—Gracias, Padre. —Lo vio marcharse de prisa. Caminaba como un atleta entrenado, a paso enérgico pero elegante, su espalda fuerte y recta.

***

Le tomó unos cuantos pasos al padre Matteo Pintozzi para salir del Vaticano hacia las calles de Roma. Miró a su alrededor para asegurarse de estar fuera de la vista de la madre y su hijo. Satisfecho, pasó por unos bancos y heladerías que estaban cerrados. A su izquierda, había un muro inclinado, ancho y alto que cercaba al Vaticano, siguió el camino sinuoso del Viale del Vaticano hacia la entrada del Musei Vaticani.

Aunque el museo no estaba programado para abrirse hasta dentro de otros cinco minutos, él empujó la puerta. Entró una vez más a territorio del Vaticano.

Miró hacia arriba a medida que ascendía por la rampa en espiral, al igual que todo el mundo lo hacía. Era una adición al museo realizado por Giuseppe Momo en el siglo XX, los amigos historiadores del arte del padre Pintozzi lo apodaron “el ADN” por su forma de doble hélice. La rampa se adaptaba al museo, añadía a la expectación de entrar en la colección de tesoros de arte clásico más grande, valiosa y completa del mundo.

Pero el sentimiento de expectación del padre Pintozzi no tenía nada que ver con el arte. Su corazón latía suavemente en su pecho y gotas de sudor se formaron en su frente y labio superior. Miró por la rampa curva, pero no vio a nadie. Aun así, fuera de su vista, alguien podría estar abrazando las paredes oscuras. No oyó nada tampoco. Por supuesto, él no escucharía nada si ellos no lo quisieran.

Llegó a otra puerta en la parte superior de la rampa y su mano tembló cuando la puerta se abrió lentamente en respuesta a su presión. El museo era inmenso, sus salas y alcobas estaban llenas de pinturas, momias, estatuas, muebles y pinturas al fresco.

Moviéndose ahora más cautelosamente, pasó por el vestíbulo. No necesitaba ningún mapa; él conocía este palacio de arte como si fuera la casa donde creció. Ignoró la escalera a su izquierda que conducía a la Capilla Sixtina y salió a un pequeño patio al aire libre. Por un momento giró hacia su derecha y miró la cúpula de la Catedral de San Pedro, la cual daba a los elegantemente mantenidos jardines del Vaticano. Los jardines parecían serenos y vacíos, como si estuvieran disfrutando de unos momentos de paz antes de que las hordas de turistas descendieran.

Pintozzi pasó por otro pasillo cerrado y luego por el patio abierto de la Pigna con su incongruente globo de latón de aspecto moderno.

Caminó por el largo pasillo de mármol del Ala Chiaramonti, lleno de bustos, estatuas de nobles y de dioses griegos y romanos. Como siempre, imaginó que las estatuas se movían sutilmente para saludarlo a su paso. Él pertenecía aquí. Se preguntó si se parecía a uno de ellos, un pedazo cincelado en mármol negro recobrando vida.

Su tensión se apaciguó. Le encantaba el sonido de sus sandalias al golpear el mármol debajo de sus pies, la cómoda frescura que irradiaba de la piedra lisa. Por encima de todo, le encantaba la ausencia de personas.

Hizo una breve pausa para tomar un respiro antes de llegar a su destino, la nueva ala de la Braccia Nuova. Después de ocuparse de la transacción, planeaba ver al padre Herzog, cabeza de los Jesuitas. Necesitaba persuadir al Padre General, que lo ayudara.

El padre Pintozzi abrió la última puerta y el impacto de una visión familiar más allá, le hizo retroceder un paso. La enorme galería estaba llena de nichos sombreados, cada uno de los cuales contenía una antigua estatua de mármol sobre un pedestal. Antiguos mosaicos en el suelo de mármol representaban escenas de la vida cotidiana romana. El altísimo techo estaba embellecido con rosetas talladas, enmarcadas por cuadrados estriados que llevaban hacia los tragaluces.

Estaba retrasado, pero no vio a nadie mientras examinaba la habitación. Nadie, pensó, excepto Julio César, Augusto, Demóstenes y otros personajes antiguos que lo miraban desde sus respectivos nichos.

Sus sandalias hicieron un suave sonido raspado sobre el mármol mientras se detenía. Hizo una pausa y luego caminó alrededor de la estatua de dos metros y medio del dios del río Nilo, que se recostaba contra una pequeña esfinge. Se quedó de pie en una zona semicircular de tres metros y medio de diámetro, la cual no se podía ver desde la sala principal.

Esperó y prestó atención, pero aun así no escuchó nada. Pasó un minuto y luego otro. Sus pensamientos vagaban. El padre Pintozzi conocía cada secreto turbio que la Sociedad de Jesús escondía. Él también conocía la mayoría de los otros secretos del Vaticano. Razón por la cual necesitaba la ayuda de Herzog. Sabía que había cometido errores. Sabía que estaba bajo sospecha. Pero una vez que el padre Herzog comprendiera la situación, Pintozzi estaba seguro que el anciano sacerdote le ayudaría a poner todas las cosas en orden.

Pintozzi apenas notó el suave susurro de aire detrás de él. Un brillo plateado pasó por delante de sus ojos, casi desapareciendo antes de registrarlo. —Traidor. —Alguien susurró.

Los ojos del sacerdote se agrandaron. Reconoció la voz. Estaba a punto de decir algo cuando sintió un pellizco, seguido de un corte, mientras un alambre delgado cortaba la suave piel de su cuello. Sintió la sangre bombear a borbotones debajo de su barbilla, una humedad se propagaba. Sintió más confusión que dolor, mientras la sangre caía en cascada por la sotana y se derramaba en el suelo.

Se dejó caer de rodillas, su cuerpo ya no estaba bajo su control. Luchó por respirar, pero se atragantó mientras inhalaba el espumoso líquido rojo. Mientras se desplomaba hacia un lado, el frío suelo de mármol se sintió como una mano suave en su mejilla. Los colores se profundizaron, luego vibraron y bailaron. Vio un espeso charco rojo supurar sobre los pequeños patrones triangulares incrustados en el suelo. Pintozzi se preguntó si el mosaico sería lo suficientemente poroso para ser manchado con su sangre. Sería una pena si lo fuera.

Por encima de él la estatua de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, miraba hacia él desde su nicho. Ella parecía estar riendo. Sí, pensó, no he sido prudente en absoluto. Trató de reír también, pero el aire que quedaba en sus pulmones burbujeó en una mortal agonía. Incluso eso no le impidió sonreír ante la ironía. Había cometido un error. Todo era un ridículo error.

Se dio cuenta de que tenía sólo unos segundos más y convocó toda su fuerza de voluntad para la prueba de conciencia de los Jesuitas. Su último intento consciente sería para el beneficio de su asesino. En oración silenciosa, dio su absolución final: “Yo te perdono”.

Palas Atenea se volvió más tenue y un profundo cansancio se apoderó de él. Ella lo estaba llamando para que regresara, ¿o era para que se fuera? Sí, ya voy, pensó. Voy, pero lentamente, ya que estoy muy cansado.